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24 de Marzo del ’76: todavía falta una sincera autocrítica

Repensar los hechos del pasado para darle contenido y sentido a los peores recuerdos.

Por Julio Bárbaro para Clarín

El 24 de Marzo del ‘76 es una fecha que marca en muchas vidas lo peor del recuerdo. Era la espera de una caída anunciada. Ignorábamos la gravedad de ese golpe, la dimensión de la tragedia que llevaba en sus entrañas. Los diputados tuvimos que ir al Congreso a entregar nuestras armas y retirar lo poco y nada que habíamos dejado.

Nos citaban por turno y además nos preguntaban si dejábamos algún proyecto de ley que creyéramos digno de recuperar. Patético, ya esa noche del golpe varios debieron huir de sus casas, ya al otro día encontramos asesinado a un compañero solo por habitar en una dirección equivocada. Y muchos necesitaron ocultarse, la solidaridad entre nosotros surgió ese mismo día. Luego vendría el exilio, el dolor y la distancia, y la impotencia de esa guerra que terminaría degradada en cacería.

Pasó mucho tiempo, y el mayor dolor es la atroz reiteración. Perón solía aconsejar, “es mejor aprender de la experiencia ajena porque la propia cuesta mucho y llega tarde”. Y nosotros no aprendimos ni de la propia. Cuarenta y un años después todo sigue parecido. La izquierda se imagina la dueña del futuro mientras agobia reiterando su agresión tan estéril como la revolución que no alcanza y los votos que espanta. La derecha recibió un gobierno de regalo y no entiende que solo trascendiendo la codicia de los negocios podrá recuperar un proyecto colectivo que termine dándole seguridad a sus inversiones.

No se asume que el altruismo es hoy la última opción del egoísmo. Y el peronismo traicionó a sus principios volviéndose liberal con Menem y recorriendo con los Kirchner los caminos de los viejos fracasos supuestamente revolucionarios. Nadie aprendió nada. Adocenados historiadores demonizan lo que ni siquiera logran entender. Cada quién escribe un libro para dibujar el pasado desde el ombligo de sus odios, y lo deforma enfocando los zócalos y los suburbios de aquellos sueños.

Habíamos recuperado la democracia. Había vuelto el General y en el abrazo con Balbín se inauguraba el tiempo de la unidad nacional. Contra ese destino estaban los violentos de la revolución y aguardaban los asesinos portadores de la tragedia. Y las demencias derrotaron la grandeza y la cordura de la esperanza colectiva. Qué importa si eran dos demonios o decenas de adoradores del infierno. La muerte se impuso en el seno de la política, y luego fue contagiando con sus venganzas y sus odios al resto de la sociedad. Hubo un proyecto que convocó a lo mejor de la política, un encuentro que marcó un hito en nuestra historia difícil de reencontrar aun en estos días. Después de medir la miseria que sembraron esas confrontaciones, los resentidos mantienen multitud de seguidores y aquella unidad nacional que hubiera evitado las miserias que hoy sufrimos, casi no tiene quien la reivindique. No tiene enamorados y ni siquiera entendemos que no hay otra salida que recuperar aquella síntesis.

Pareciera que solo vale la pena recordar la demencia de los violentos, y poner toda la responsabilidad en la miseria de los golpistas. Y encontrado el culpable se evita la autocrítica del resto. La dictadura fue asesina, qué duda cabe, pero el resto de los actores, nosotros, todavía no podemos recuperar un rumbo que nos devuelva la esperanza en un mejor mañana. Y eso es la deuda que impone esa fecha. Revisar nuestro pasado, asumir una autocrítica. Solo así le devolveremos un contenido y un sentido a tan horrible recuerdo.

Publicado el 23 de marzo de 2017.

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