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Un acuerdo crucial y una decadencia imparable

El Gobierno de Macri inyectó una bienvenida dosis de racionalidad y madurez a nuestro sistema político al sentarse a negociar con los gobernadores. Del otro lado de la grieta, el mismo sectarismo de siempre.

Por Julio Bárbaro para Infobae

Es enorme la distancia que nos separa de la sociedad que habitaríamos si hubiera ganado Daniel Scioli en las elecciones presidenciales. Desde ya no por el propio Scioli sino por todo lo que detrás de él se ocultaba. Hasta los presos serían otros -ni hablemos del relato y las voces que seguiría imponiendo en las sombras el autoritarismo K. No debemos nunca olvidar de qué nos salvamos, asumiendo siempre que, lejos muy lejos estamos de aciertos, lejos de demasiadas muestras de lucidez, pero asumamos que el espacio del dialogo se expande tanto cuanto se achican el sectarismo y el fanatismo.

Aquellos derrotados simulaban ser de izquierdas tan sólo por no soportar el dialogo, ni a los que pensaban y opinaban distinto. Eran mayoría absoluta y redujeron al Congreso a la humillación de no poder modificar ni una coma de los proyectos del Ejecutivo. Si a esta miseria le injertaban la “justicia legítima”, nos dejaban a un paso de la dictadura democrática. Mete miedo el sólo recordarlo. Se decían “peronistas” mientras despreciaban el legado del último Perón.

Ahora hay gobierno de minorías; sobran algunos fanáticos que se expresan como dueños de dogmas y denunciadores de blasfemos, pero en lo cotidiano hay que negociar y entonces la soberbia deja lugar al acuerdo, como pudo comprobarse esta semana. Esa negociación esencial a la política que algunos sectarios imaginaban superar por la vía de la violencia. Triunfó el espacio de las minorías, los fanatismos pierden fieles y la cordura gana adeptos. Eso solo no mitiga la crisis ni el dolor de los necesitados, tan sólo implica transitar un nuevo camino, ingresar al espacio de la democracia.

Y falta mucho para que los que menos tienen perciban que el Estado se ocupa de ellos. Falta mucho, porque ni los que se fueron eran de izquierda ni los que llegaron saben demasiado cómo sacarnos del pozo. Aquellos sólo se ocupaban de saquear al Estado, estos parecen convencidos de que nos salvarán los “inversores extranjeros”. Gobernar es más complejo, implica repensar el lugar de nuestra sociedad en el mundo, revitalizar su estructura productiva e imponer al productor sobre el rentista. Mientras el que la deposita en el banco gane más que el que la invierte en producir, no habrá país sino una sociedad en decadencia. Y el Estado debería impedir que el pez grande devore al chico.

Lo importante es que el Gobierno salió fortalecido y el fanatismo sigue su lento e inexorable camino de minoría absoluta. Las fuerzas democráticas forjando acuerdos son mayoría, hace tiempo que no lo eran. Eso implica un nuevo rumbo, transitar una nueva sociedad. El Gobierno, los gobernadores, los sindicalistas, los legisladores, la sociedad cambió la manera de relacionarse y salimos de la grieta como cultivo oficial, como relato imprescindible del gobierno de turno.

Para terminar, una reflexión final. Ayer fue el Día del Militante y pareciera que fueron otros tiempos, como si de esa maravillosa gesta se hubiera terminado apropiando el remanente kirchnerista, regalándonos una postal de su imparable decadencia.

Elijo a Jorge Rulli como destinatario de este homenaje a un nombre que honra a sus cultores. No conozco a otro con la solidez de su historia, la envergadura de sus sueños, porque tiene los años de cárcel y las cicatrices, los debates y la rebeldía, una vida ejemplar que supo sostener la dificultad con dignidad. Sería un excelente ejemplo para los jóvenes, no porque Jorge haya encontrado la verdad sino porque nunca aflojó en su pasión por buscarla. Cuando pase la hora de los oportunistas podrá el ejemplo imponer su testimonio.

Publicado el 19 de noviembre de 2017.

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