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ARTÍCULOS

En defensa de Punta del Este

Más allá de la polémica por ser el destino que eligió un dirigente de izquierda para sus vacaciones, el balneario uruguayo ofrece no solo múltiples atractivos turísticos, sino también lecciones que podríamos aprender.

Por Julio Bárbaro para Infobae

Mucha gente en Punta del Este este verano, no tengo datos, vengo cada tanto. Se me ocurre que antes las patentes eran demasiadas de Argentina, ahora cambió, son muchas de Uruguay, como si ellos como sociedad estuvieran mejorando y nosotros retrocediendo. Y patentes de Paraguay, también de Brasil, esas llaman la atención, tienen playas envidiables.

Infinidad de restaurantes, de todo nivel, muchos de los buenos con necesidad de reservar, lugares a pleno, algunos caros, otros no tanto.  Antes de Perón ése era el lugar que ocupaba Mar del Plata; los hoteles sindicales hicieron que se fundaran playas más elegantes. Cuando los pobres los alcanzan, los ricos necesitan cambiar de zona.

Punta del Este es un lugar que nos produce alguna envidia, un paisaje que tiene la belleza que regala la naturaleza, pero donde ellos, los uruguayos, supieron forjar un mundo disfrutable. Se respetan, tienen un Gobierno de izquierda en serio y un mundo de ricos que no están enfermos de soberbia. Eso lo permite la democracia y la libertad. Tuvieron su revolución y supieron transitar esa experiencia para volverse sabios, justo allí donde nosotros nos quedamos en el resentimiento.

Es una playa para los exitosos, con espacios para todos, desde los muy ricos que se recluyen en sus playas y sus chacras hasta los más modestos, que hacen cola en los restaurantes baratos. Eso sí, hay un número tan importante de triunfadores que albergan canchas de golf, cantidad de restaurantes muy caros y ningún refugio cultural -ni cine ni teatro- nada para el alma más allá del consuelo del presente que se refugia en la vidriera del consumo. Como excepción pude ver a Les Luthiers, excelentes como siempre y participar de la presentación del último libro del “Tata” Yofre. No mucho más. Triunfar es consumir, y estos muchachos no son herederos de los Médici, aquellos financiaban a los artistas buscando trascender y dejaron arte que todavía sigue deslumbrando a la humanidad. Ahora todo es apresurado y egoísta, cuando dejen el mundo habrá palos de golf, algún caballo de carrera y alguna modelo con propiedades fruto de un mecenazgo apasionado. Hace unos días nos dejó Zygmunt Bauman, que acierto el de su concepto del amor líquido, acerca de esa fragilidad de los vínculos humanos que nos acompañará interpelándonos  por mucho tiempo.

Moisés Ikonicof, que es de los que leen en serio, hace 15 años me recomendó “Viaje al fin de la noche” de Ferdinand Céline, que ahora se vuelve a editar. Y en ese libro de Céline encontré la mención a “rico como un argentino”, y  me di cuenta de cómo debieron ser los tiempos de la grandeza para nuestros visitantes de París. Gardel y Anchorena, bohemia de la de verdad. Aquellos compraban lo mejor del arte y reproducían las construcciones que hoy ocupan algunas embajadas. Los de ahora copian aburridas cadenas de comidas que terminan destruyendo nuestra rica diversidad cultural.  Y esa nostalgia de una grandeza que nunca tuvimos, esos que se interrogan sobre “en qué año empezó la decadencia”, no tienen respuesta ya que nunca conocimos la grandeza en ninguna de sus versiones.

En los tiempos de Menem Punta del Este estaba de moda, en los tiempos de los Kirchner concurrir desataba la persecución de los estalinistas. En el presente ocupa el lugar de lo libre y vale la pena que así sea. Uruguay supo mantener la vigencia del Estado. Puede ser que algunos servicios públicos sean más lentos, pero sin duda de esa manera protegen sus riquezas, no sufren el desmesurado saqueo que nosotros supimos conseguir. Y eso se nota en el nivel de vida de la gente. Hay una visible mejoría y una convivencia sin la profundidad y los odios de la grieta sin ideas que nosotros nos ocupamos de profundizar.

La de Uruguay es una sociedad mucho más organizada que la nuestra, un pueblo más humilde y también con una dirigencia más digna. La izquierda de ellos es de verdad, lo mismo que la derecha, por eso no necesitan ser tan agresivos, no arrastran la fe del converso. Los que hablan de la guerrilla son los guerrilleros y no los deudos y la derecha posee una formación humanista muy por encima de los comerciantes que sabemos conseguir.

Me gusta venir cada tanto, es como verme en un espejo ajeno. Está todo muy bien organizado, nadie molesta a nadie. Un lugar de descanso ideal. Cada tanto se me ocurre que tantas casas de veraneo son la contracara de las viviendas de chapa que albergan a veces la pobreza y muchas la miseria. No soy socialista, creo en la iniciativa privada, pero la injusticia crece a la par de la distancia entre los más ricos y los más pobres. Es la que se come los brotes verdes.

Publicado el 22 de enero de 2017.

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