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ARTÍCULOS

Estado y empleados públicos

Por Julio Bárbaro para Los Andes

Alguna vez presenté un proyecto para congelar las vacantes del Estado a nivel nacional. Todos los que asumen critican la cantidad de empleados que tiene el Estado pero luego se dedican a ampliar el cuestionado número.

Necesitamos un gobierno que aclare que los empleados y funcionarios que nombra se retirarán con él. Y que algunos ricos asuman sin cobrar salario. Y que se prohíba nombrar a parientes. Ese tipo de ejemplos es lo que estamos necesitando y de lo que seguimos careciendo.

El empleo público termina convertido en una suerte de injusticia. Un taxista se esfuerza en manejar doce y hasta catorce horas para sacar un magro sueldo mientras demasiados cobran salarios por tareas que no hacen y, lo que es aún peor, no necesitan hacer porque no existen. Al Estado se ingresa por la necesidad del postulante y por intermedio de un influyente coyuntural, que tanto puede ser un político como cualquier otro dueño de un trozo de poder. Se suele entrar como contratado y luego, con el tiempo, algún paro le permite pasar a planta permanente… y así sigue creciendo.

Cualquier funcionario sabe hasta dónde lo obliga la coyuntura a pedir que le nombren gente. Algunos lo hacen bajo el inocente o perverso sueño de tener seguidores pagos. Es inconmensurable la cantidad de empleados que ingresaron con la expectativa de servir a una determinada candidatura y luego quedaron acomodados para siempre. El soñado candidato fracasa, es lo común, el prometedor empleado queda, eso nunca falla.

Cada etapa de la historia podría definirse por su vanguardia sindical. La Argentina industrial pasaba de los metalúrgicos a los obreros de las automotrices. El “Cordobazo” abarca la memoria de un determinado momento del desarrollo automotriz; y esos recuerdos nos traen a este presente en que las rebeliones recorren a los empleados públicos y a los expulsados del trabajo. Y entonces nos preguntamos en qué se basan algunos expertos en economía para anunciarnos futuras bonanzas.

Las privatizaciones fueron llevadas adelante bajo el cuento del ahorro y con la decisión de convertir en privado todo lo que fuera rentable, y dejar que el Estado se haga cargo de los caídos de esta apropiación indebida. Hay ejemplos brutales, las autopistas, el Estado hizo el gasto para que algunos vivos, privados, pusieran una barrera y se llevaran fortunas. No somos una experiencia en la que se hicieron rutas con capital privado sino una realidad donde en el saqueo al Estado se quedaron con todo, desde las eléctricas que viven del subsidio hasta los peajes que viven del saqueo.

Lo público y lo privado son espacios que no pueden ni deben delimitarse a partir de los negocios ni de las coimas que el turno adjudique.

Toda empresa que necesite ser subsidiada debe ser pública para evitar la desmesura en la corrupción. Y digo la desmesura ya que siendo estatal puede albergar bolsones de negociados, pero al privatizarla se logra que un solo dueño se haga cargo de recibir el subsidio y en consecuencia de asegurar el retorno. Así fue como destruimos los ferrocarriles, en ese caso los retornos eran tan exagerados que parece que no quedaba dinero para ninguna necesaria mejora.

La privatización de empresas que dan pérdida es solo para asegurar los retornos a manos del poder político de turno. Y en los casos en que las empresas dan ganancias, cuesta entender cómo se negocian los costos y los retornos. Claro que nadie ignora que las ganancias son ilimitadas. Terminamos dejando al ciudadano prisionero de las concesiones, la luz, la salud, el transporte, el cable, los teléfonos, los laboratorios, los bancos; y, cuando se llega al final, se asume que a ese pobre ciudadano ya no hay nada para sacarle, ya ni siquiera da para más. Y ahora aparece este absurdo personaje que dirige el PAMI explicando que el problema del gasto es de los jubilados y no de los laboratorios. ¿Alguien ignora que los laboratorios son los que no tienen límites en sus ganancias? Nuestra pretendida industria farmacéutica es sin lugar a dudas una de las estructuras más perversas que tiene nuestra sociedad; y no es que tenga pocas y débiles de carácter, pero esa chupasangre es de las más nefastas. Qué bien hubiera caído a este nuevo gobierno un funcionario capaz de enfrentar a los laboratorios, a los grandes, en defensa de los jubilados, los débiles. El cuento de que encontraron cincuenta y dos jubilados dueños de avión déjenlo para el pre escolar, a la sociedad explíquenle cómo la van a liberar de los parásitos, que son los grandes.

La destrucción de las empresas públicas dejó a miles de personas en la calle, se priorizó la ganancia privada sobre la justicia social. El cuento lo conocemos, iban a bajar el gasto del Estado regalándoles las empresas a los privados. Se llevaron todo lo que era de todos. No pusieron un peso, o al menos la gran mayoría no lo hizo. La mayor inversión fue la coima para los funcionarios que facilitaban el saqueo. Se llevaron hasta las autopistas que había construido la Nación. Delito en estado puro, al ciudadano le quitaron hasta la televisión gratuita para obligarlo a pagar el cable. Todo pago, así fue el comienzo del camino a la riqueza concentrada y la pobreza expandida. Y la pretenciosa Ley de Medios del kirchnerismo, como todo instrumento de nuestra pretendida izquierda, se enfrentaba con los propietarios disidentes sin ocuparse nunca de pensar en favor de los ciudadanos.

Y entonces el Estado se convirtió en el rescatador de los caídos. Las ganancias son privadas las necesidades son públicas y en consecuencia lo mismo pasa con los gastos. Como se regaló todo a las empresas extranjeras necesitamos pedir prestado para que se lleven ganancias superiores a lo que generamos. Y algunos economistas te dicen que igual vamos a crecer. Absurdo, la concentración impide la distribución. De ahora en más la miseria va a ser lo que crece seguro mientras se vuelve muy difícil salir de esta crisis.

Los economistas estudian los ciclos históricos, para esa ciencia la concentración es un problema de la política. Y los políticos no toman en cuenta que deben primero tocar los intereses concentrados para tener luego autoridad moral para pedirles esfuerzo a los ciudadanos.

Entre lo público y lo privado es necesario construir un equilibrio, y después de la destrucción privatista no logramos encontrar un punto medio. En mi inocencia imaginé que el Presidente (y en algún momento se lo exprese personalmente), por su experiencia empresaria, se iba a animar a pararles el carro a los grandes grupos concentrados. Los ciudadanos no dan más, es hora de que el ajuste les toque a los ricos. Nada grave, solo que dejen de robar una parte; no digo perder, sería utópico. Pero ganar menos para ellos es posible y para nosotros, necesario, yo diría imprescindible.

 

Publicado el 15 de enero de 2017.

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