Enter your keyword

ARTÍCULOS

Gatopardismo

Por más que los gobiernos sean de distinto signo y que las señales externas indiquen modificaciones formales, lo cierto es que nada cambia de fondo en la Argentina.

Por Julio Bárbaro para Los Andes

Mucho ruido y pocas nueces, antigua definición que parece fotografiar el presente. En el estadio de la política se enfrentan contendientes cuyas camisetas de diversas coloraciones no permiten individualizar un equipo. Actores conocidos del partido del poder transitan los medios dejando la sensación amarga de que expresan un libreto del Conde de Lampedusa.

Si queremos que todo siga como esta es necesario que todo cambie, diría en el Gatopardo, y en ese ciclo estamos, divididos hasta la impotencia, tan escasos de ideas como de esperanzas. El gobierno sueña eternidades, como todos los anteriores, inmerso en una crisis terminal donde necesitamos como país vivir de prestado. Deudas para lo cotidiano, tasas altas para una sociedad donde se van gastando las promesas y a cambio de ellas solo se puede recuperar el odio al gobierno anterior. Fanatismos vacuos, acusaciones mutuas, el estado como refugio de los vencedores y como asilo de los derrotados.

Los que se fueron abusaron de una bandera esperanzadora que nominaban “relato”, una mezcla de pasados heroicos ajenos y presentes prebendarios muy propios. Solo para fanáticos, obedientes y aplaudidores, pensadores libres abstenerse, la mística necesita imponer su cuota de demencia. Por suerte los votantes lo detuvieron a tiempo y al separarse los oportunistas van quedando en soledad los convencidos. Es lento pero inexorable, aquello que el poder genera con su misma pérdida suele disolverse.

El gobierno soñaba un ring con dos contendientes para sentirse cerca del cincuenta por ciento, como en el balotaje. La realidad augura otros horizontes, y la democracia necesita gobierno y oposición y no tan solo un oficialismo y un enemigo. Pero de tanto intentar asustar con el pasado dejan en claro la pobreza del presente, y gane quien gane poco y nada va a cambiar en nuestras vidas, en el parlamento y en la democracia.

Para los Kirchner la deuda era un objeto de rebeldía frente al mundo, excesivo, para Macri pareciera ser un camino a la subsistencia cotidiana, otro exceso. Como en tantos temas, no logramos salir de los extremos. Gastamos más de lo que generamos, la deuda sube mientras solo el consumo consolida su baja de manera mucho más firme que la inflación. Las esperanzas menguan, los debates mutan en acusaciones, la corrupción del poder es la contracara de la miseria de la sociedad. Pero no puede ser la explicación de todo, y no lo es. Y la necesidad de un mañana mejor parece más cercana a la ilusión que a lo posible.

Elecciones donde nada va a cambiar para una sociedad que necesita cambiar demasiado. Sociedad sin rumbo, heredamos un caos, esa justificación se agota, no alcanza para explicar la ausencia de una propuesta. Hay mucha más pasión en el odio a Cristina que en el amor a Macri. El odio no se va mientras el amor no llega, y en consecuencia impera la desesperanza. El consumo no se repone, los locales en alquiler se multiplican, el modelo propuesto no logra imponer su vigencia. Y la distancia entre los que más ganan y el resto se vuelve infinita.

Los inversores, esos suplentes de nuestra propia energía no llegan ni de visita. Hay números que se enfrentan, la mayoría ahondan la crisis mientras otros anuncian mejoras parciales. Hay de todo, es variado, sin todavía definir un rumbo, sin darle a nadie la seguridad de un acierto.

Todos los síntomas auguran un “fin de ciclo”, no porque surjan nuevos actores sino como final de una muerte anunciada. Falta el estado ocupando su lugar de conducir la sociedad. Políticas de estado que desarmen injusticias aun cuando toquen a los grandes intereses. La salud y la educación, los servicios públicos y la concentración económica, la producción nacional y las importaciones posibles, todo eso y lo que falta deben debatirse entre todos y sin límites, demasiados intereses corporativos limitan el retorno a una sociedad que integre mayorías.

Hoy el optimismo no surge de los logros y resultados, tan solo de la pasión que le ponemos al debate y de la conciencia que estamos asumiendo de los riesgos que corremos. De las crisis solo sale quien las enfrenta, y lo cierto es que el mero hecho de hacerlo no asegura un resultado. Pero al menos nos sirve para entender que ingresamos en la etapa de la madurez, y eso ya es bastante.

Publicado el 16 de julio de 2017.

Link original