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El Gobierno recuperó la calle: ¿recuperará ahora el rumbo?

La marcha del #1A fue un sorpresivo éxito de convocatoria, pero el macrismo no debería alegrarse demasiado: es más bien el resultado de darle el micrófono a reivindicadores de la guerrilla que el producto del éxito de sus políticas

Por Julio Bárbaro para Infobae

A veces uno ve o escucha personajes que lo superan. Un sindicalista se refería a las marchas y las manifestaciones como un “proceso encaminado hacia la toma del poder”. Otro antiguo conocido describía avances de la derecha en todos los puntos del continente -eso sí, no me podía describir las fuerzas de izquierda que supuestamente eran superadas. Los soñadores de imposibles son dignos de eterna admiración y respeto; sin embargo, los que extrañan las prebendas son otra raza, la contracara patética de la dignidad del revolucionario. Y los que yo pude observar eran de esta última calaña (claro que con una cuota importante de pérdida de visión de la realidad).

Hubo tiempos donde se tomaron “palacios de invierno” mientras otros bajaban de “Sierra Maestra”. Stalin y Fidel se ocuparon de transformar esas revoluciones en sangrientas dictaduras, el capitalismo se consolidó abrazado a la democracia y agonizaron los marxismos. En los 70 todavía había lugar para esos sueños aun cuando ya estaban superados en la historia. Eran viejos y cansinos recuerdos de glorias tan pasadas como fracasadas. Y ahora, hay quienes en nombre del autoritarismo derrotado intentan recuperar en las calles cortadas, aquello que extraviaron en la soledad del cuarto oscuro. Y en ese laberinto reiteran su eterna protesta que molesta a los votantes, mientras que a ellos los aleja del poder.

Absurdo, molestan e irritan a sus potenciales votantes, como si el sueño del estallido sirviera de consuelo al fracaso en las urnas. El capitalismo despiadado dejó en su saqueo un tercio de la población en la miseria, la pretendida izquierda convierte ese dolor en clientela y en alguna manera -como con Milagros Sala y tantos otros casos- en lugar de recuperar el lugar perdido se pretende consolidar una cultura de la necesidad. Propuestas revolucionarias que serían valiosas si tuvieran sentido, pero terminan siendo patéticas al oficiar siempre como incitadoras a las posturas conservadoras. Que a eso se dedicaron siempre, a invitar a utópicas violencias para ayudar al duro y bestial capitalismo a poder ocupar el lugar de ser mejor que alguien y siempre termina siendo la explotación de los negocios menos riesgosa que la demencia de los sublevados. Casualidades de la realidad.

Soportamos una derecha liberal devota de una competencia de mercados que nunca existió y una izquierda esclerótica que apuesta a una sublevación social que siempre fracasó. Como para no estar deprimidos.

Y como si faltara poco, como para consolidar el desvarío, se les ocurre reivindicar a la guerrilla, olvidando los miles de vidas entregadas y perdidas en esa causa y la inutilidad de las mismas en todo el continente. El “Che” Guevara y la Revolución Cubana exportaban un proyecto de sociedad que ni ellos mismos lograron consolidar. Entre la guerrilla y la guerra de Malvinas nuestra melancolía se asume enamorada del fracaso, cultora del suicidio, apasionada por el sinsentido de la desmesura.

La sociedad inició su desintegración en el 75, como si el liberalismo de mercado hubiera esperado hasta la muerte de Perón para lanzar su desguace. Cuando hablan de decadencia deben aclarar que el éxito es la integración social y hasta el 75 la pobreza no superaba el cuatro por ciento ni la deuda los siete mil millones de dólares. No hagan trampa, no incluyan a Perón en esa caída, fuimos el país más integrado del continente.

Luego volvieron ellos, los de la década infame y abrieron las fronteras para llevarse el fruto de nuestro trabajo y para endeudarnos por generaciones. Fueron Martínez de Hoz y Domingo Cavallo, ellos vendieron patrimonio, acumularon deuda y expandieron miseria. Fueron ellos, todos los indicadores los delatan.

La guerrilla define el recuerdo de un heroísmo digno de respeto, más aún en un momento donde ni siquiera se valora la dignidad. Y debemos separar los tiempos, es tan reivindicable durante la dictadura cómo pierde prestigio y poder político cuando decide volver a la violencia en democracia. En países hermanos como Uruguay su autocrítica los convirtió en gobierno; en nuestro caso no tienen ni siquiera políticos de envergadura que hayan convertido esa experiencia en sabiduría.

Es cierto que Macri es conservador, pero no mucho más que lo que hubiera sido Scioli (y los Kirchner jamás fueron de izquierda, solo le dieron un espacio de poder a los que alguna vez dijeron serlo).

Finalmente, el Gobierno espera todavía para ver surgir los brotes verdes, y los desestabilizadores, que existen, son exagerados como el pastor que pedía ayuda por un lobo que no había llegado, por más que hayan logrado un salvavidas con la para nada desdeñable convocatoria de la marcha del #1A en la jornada de ayer. En lugar de convocar a la unidad han decidido confrontar con Cristina, pero tal vez esto sea un punto de inflexión. Por ser mejores que los autoritarios no se convierten en forjadores de la democracia.

Ni es cierto que los derrotados puedan volver ni que los triunfadores hayan logrado encontrar su rumbo. Seguimos en la angustia de los que quisieran creer y no encuentran razones para asentar su fe. La polarización es nuestro hábitat infantil. No por enfrentar a Cristina uno se vuelve del PRO, este triste Boca- River de la política es tan solo un reflejo del tamaño de nuestra frustración. Y la izquierda jamás asumió su autocritica con la excusa de “no hacerle el juego a la derecha”. Fue un éxito rotundo: quedó viva solo la derecha.

Publicado el 2 de abril de 2017.

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