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Para un Gobierno de ricos, la concentración es tanto un riesgo como una tentación

Con el cuento de la competencia, la destrucción del Estado llevada a cabo en los ’90 multiplicó los monopolios. Muchos de los que hoy nos gobiernan imaginan que la democracia se corresponde sólo con el liberalismo económico.

Por Julio Bárbaro para Infobae.

Recordemos, como simple detalle, que ese liberalismo en nuestra realidad fue gestor y actor principal de todos los golpes de Estado. Y como si esto fuera poco, rememoremos que fracasaron por su impotencia económica, cosa que deja interrogantes sobre economistas y libertades. Lo digo dejando en claro que voté a Macri, que nunca deje de pensar que lo otro era lo peor.

El debate entre Farmacity y la provincia de Buenos Aires va más allá de una disputa de intereses, implica discutir una concepción de la sociedad. La libertad económica y la competencia tienen sólo dos enemigos: el tamaño y la presión del Estado por un lado y la concentración del capital por el otro. Desde ya, las grandes inversiones son tan necesarias en algunos casos como dañinas cuando destruyen la trama misma de la sociedad. Desde los bares a los quioscos, desde las farmacias a los restaurantes, las cadenas invaden nuestra frágil estructura cultural y destruyen sin piedad la propiedad de los pequeños artesanos y trabajadores libres tal como los supermercados terminaron con los pequeños comerciantes.

El dueño de un taxi es un señor de clase media integrado, el peón de una flota está cercano a la esclavitud a manos de un supuesto “inversor” que es tan innecesario como parasitario. Las sociedades son pensadas y formuladas por su clase dirigente, no son el fruto de la codicia de los supuestos “inversores”. Mientras el productor reciba tan solo el diez por ciento del precio de venta de un producto cualquiera, no estamos frente a la libertad de comercio sino frente al triunfo del intermediario sobre el productor, y eso siempre nos señala una manifestación de la decadencia. La aduana de la Capital fue dañina para toda la producción nacional cada vez que logró imponer su poder. Cuando el negocio de los importadores mata a los productores, a la larga o a la corta se avecina un estallido social. El lugar del Estado es limitar la codicia de los privados y no poner ministros que se ocupen de destruir a los pequeños comercios. Repito siempre que hay un libro de Saramago, La Caverna, donde se describe esta demencia de los negocios contra los habitantes. Quienes por suerte perdieron las elecciones nunca se ocuparon de este tipo de problemas cuando eran gobierno: no generaban rentas, las coimas y la concentración no molestaban su prosaico interés. El Gobierno actual debe asumir que la concentración de la riqueza es para un gobierno de gente con poder económico tanto un riesgo como una tentación. Es obvio que se están esforzando por sostener los beneficios a los necesitados e incrementarlos cuando lo ven posible, tanto como que lo hacen con mayor seriedad y menor voluntad de utilización política que los anteriores. Es importante que hayan recuperado los créditos para viviendas con subsidio del Estado tanto como los créditos que asignaron para la compra del taxi para el trabajador. Todo eso debe ser apoyado y reivindicado, hacerlo me da autoridad para cuestionar esa teoría por la cual da lo mismo que haya cinco mil farmacias de propiedad familiar que dos o tres cadenas de propiedad anónima. Cada modelo da una realidad distinta, no son detalles, configuran las bases para la construcción de una sociedad integrada.

Llegamos a fabricar aviones, ¿cómo no vamos a poder hacernos cargo de fabricar nuestros propios vagones? Gobernar es dar trabajo, ese desafío desnuda la falencia del cristinismo que compró a los chinos hasta los mismos durmientes. Si la problemática es la desocupación y nos dedicamos a comprar trabajo extranjero, ¿no estaremos al borde de la demencia?

Lo de Farmacity marcha a la par de los bares y negocios que caen en manos de cadenas con nombres internacionales. Algunos imaginan que eso es la modernidad, otros opinamos que es la simple destrucción de la identidad cultural y el saqueo con royalties que no aportan nada más que una cuota de eso que nuestro argot denomina “cholulismo”.

Se me ocurre que éstos son los temas para discutir con el poder económico, y no ocupar colegios o cortar calles, métodos que sin duda molestan a los que necesitan de nuestras ideas mientras dejan intactos los intereses de los grandes grupos que se ocupan de parasitar la sociedad. El debate democrático debe sustituir la queja resentida o el corte de calle sin propuesta. Nada más democrático que el apoyo crítico, nada más lógico que coincidir y disentir según nuestro buen entender. Con los anteriores la diferencia era esencial, se trataba del mismo sistema democrático. Con el actual Gobierno las diferencias son otras y se pueden debatir, son de políticas públicas y siempre tiene sentido formularlas.

Publicado el 1 de octubre de 2017.

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