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ARTÍCULOS

¿La casa está en orden?

La Pascua es un festejo donde la humanidad se reivindica en el perdón y el encuentro.

Por Julio Bárbaro para Infobae

Es compartido por más de una religión y es expresión de la fe como también de la necesidad de las comunidades. Más allá de su origen, es un tiempo de vigilia que culmina en un festejo. La reflexión como un camino necesario hacia el reencuentro. En nosotros, trae la memoria del conflicto en el mismo nacimiento de la democracia: Raúl Alfonsín contra el golpe militar, ese golpe que intentaba marcarnos límites, ese golpe que había derrocado a Yrigoyen y a Perón, a Frondizi y a Illia, ese partido militar que perseguía marxistas que no eran tales y convertía en pesadilla los sueños de libertad. Aquel “Felices Pascuas” acompañado por “la casa está en orden” es un recuerdo pleno de contenidos. La democracia necesitaba imponerse a la dictadura, aquel partido militar era la vergüenza que nos degradaba en un mundo naciente. Ellos soñaban ser la reserva de Occidente cuando solo eran una de sus peores vergüenzas. Esa batalla fue ganada, era imprescindible hacerlo. Luego vendrían otras, aquella donde la misma democracia limitaba a Raúl Alfonsín en nombre de un pragmatismo sembrador de dependencias y miseria. El peronismo debe revisar su etapa de Carlos Menem, asumir que en ella entregó sus banderas y empobreció a la sociedad que decía defender. Enfrentar a Alfonsín fue un error de la misma democracia, un retroceso enorme frente al ejemplo del abrazo de Perón con Balbín. La casa no estaba tan en orden, y volveríamos a la confrontación, ahora con el campo, con aquellos que ayer pudieron ser “la oligarquía, pero resulta que eran una parte esencial de nuestro sistema productivo. Y esa pelea fue otro error del peronismo, de esa estructura política que algunos intentan recuperar amontonando fracasos y fracasados, y pegándolos con el cemento de la mera ambición. Y la casa sigue desordenada. Y hubo tiempos de progresismo, con Fernando de la Rúa se asociaron radicales y peronistas para juntos ofrecer una nueva versión del fracaso. Vendrá el estallido, la desesperación, aquello que tenía el dramatismo del final de un proyecto, de un modelo. Los bancos como templos que albergaban los sueños de una sociedad desesperada que golpeaba sus puertas: les habían robado sus ahorros. Asombrábamos al mundo en esa decadencia sin rumbo ni sentido. Salimos con Eduardo Duhalde, el miedo se fue convirtiendo en confianza, esa fue la parte más digna de ese peronismo que tanto defendemos como traicionamos, de esa política que necesita de estadistas y fuimos devaluando en manos de simples comerciantes. Y <strong>hubo un tiempo con Néstor, que parecía encauzarnos en una democracia estable, con el logro enorme de haber negociado con talento la deuda, de haber logrado convertirla en accesible. El mismo éxito fue haciendo retroceder a la cordura e inventaríamos una nueva confrontación, después de los militares y el campo, ahora la guerra era contra la otra mitad. Pretenciosa y sin sentido, esta nueva batalla estaba destinada a la derrota. Tenía los odios de aquellas izquierdas tan dueñas de las calles como ausentes en las urnas. Y el peronismo del abrazo con Balbín retornó a un resentimiento, ahora sin sentido. Enfrentar al golpe militar era imprescindible para consolidar la democracia, confrontar con el campo fue una decisión absurda y sin sentido, pero asignarle a la candidatura de Daniel Scioli componentes progresistas y transformadores ya era parte de un delirio sin rumbo ni justificación. Las ideas se habían convertido en propiedad de las personas y estas estaban ya muy lejos de expresar y defender proyectos. La derrota del peronismo era tan concreta como necesaria. Mauricio Macri y el PRO son lo nuevo, pero por ahora ni siquiera intentan conducir al conjunto, se conforman, como los anteriores, en soñar con el triunfo de su sector, son una parte y creen poder ser el todo. O peor aún, con el mismo error de los anteriores intentan consolidarse por el camino de la confrontación. Como si las ganancias de los grandes grupos y los ricos tuvieran algo que ver con resolver las necesidades de los pobres. El Gobierno anterior tenía sus propios amigos a los que desde el poder enriquecía, los de ahora son otros, pero quien gobierna termina sin hacerse cargo de su misión fundamental. El Gobierno anterior mentía ser de izquierda, el actual ni siquiera miente, al ciudadano que los vota por ahora no lo defienden ninguno de los dos. El enemigo no es el peronismo, ni la derecha ni la izquierda, el enemigo es la impotencia de forjar un gobierno que nos contenga a todos, que no imagine que ganar es eliminar al otro, que se asuma como parte que intenta integrar a todos. Felices Pascuas, la casa no está en orden todavía. Estamos obligados a seguir intentándolo.

Publicado el 1 de abril de 2018.

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