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La vida no es ni una revolución ni una góndola de supermercado

Los derrotados se quejan de que no hay democracia, y es cierto, no la hay como la imaginaban ellos, y esperemos que nunca más vuelvan ellos.

Por Julio Bárbaro para Los Andes

Somos una sociedad que necesita cambiar de actitud, no de bando. Si ahora abundan los fanáticos oficialistas estamos en problemas, la democracia implica otra cosa, asumir ser tan solo portador de conciencia de parte decidida a respetar al que piensa distinto.

Superar al kirchnerismo obliga a no caer en la teoría de la venganza, no desarrollar el odio desde la otra tribuna.

El camino, el único posible, es consolidar la democracia. Y para eso necesitamos gobierno pero también oposición. Y reglas de juego.

Los derrotados se quejan de que no hay democracia, y es cierto, no la hay como la imaginaban ellos, y esperemos que nunca más vuelvan ellos a gobernar.

No estamos discutiendo un rumbo sino un sistema. Lo malo es que algunos oficialistas de hoy se manejan con la misma deformación que los derrotados.

Acordemos que el enemigo a vencer no era ni es un partido ni un pensamiento, es una concepción autoritaria de la política.

No alcanza con utilizar el mantra de “populismo” para todo aquello que no nos gusta, ese término carece de contenido, o intenta tener tantos que se queda sin ninguno.

El enemigo es el autoritarismo, esa forma de poder que puede ejercerse en nombre de cualquier ideología, porque en rigor las degrada a todas. Y algo de ese virus parece infectar al poder del presente.

El recuerdo de la Revolución Rusa nos debiera servir para explicar mucho. Donde hay quien se sienta dueño de alguna verdad absoluta hay decadencia, cualquiera sea la razón que lo sostiene.

Cuando los kirchneristas gestaron la “ley de medios” lo hicieron convencidos de que se iban a quedar para siempre. Era una ley que convertía al gobierno en propietario de la opinión y reducía a la oposición al espacio de “lo privado”, o como les gusta decir a ellos, “los medios hegemónicos”. Confundiendo el medio con la audiencia, convencidos de que siendo dueños de la verdad solo necesitaban los instrumentos para transmitirla.

Como supo decir Perón en su retorno, “con todos los medios a mi favor me derrocaron, con todos los medios en contra fui reelecto presidente”.

Las ideas son más importantes que los medios, y esto vale para los que se fueron y también para varios de los que llegaron, que se convencen de ser propietarios de la verdad cuando apenas tienen una oportunidad para probar su talento.

Viajar es la mejor manera de romper la rutina, de poder mirar la realidad con algo de distancia, de asumir, al decir de Kundera, “la insoportable levedad del ser”.

Cada tanto, algún predicador de futuros se refiere a la supuesta “decadencia de Europa”. De seguro que no la visitan para comprobarlo.

Uno piensa que nuestros abuelos, al menos los míos, todos italianos, vinieron para “hacer la América”, y en demasiados casos, sus nietos sueñan volver a aquel lugar de origen. Hace cuarenta años, el cine nos mostraba una Italia de post guerra al borde de la miseria. Hoy recorrerla genera admiración.

No estamos discutiendo un rumbo sino un sistema. Lo malo es que algunos oficialistas de hoy se manejan con la misma deformación que los derrotados. Acordemos que el enemigo a vencer no era ni es un partido ni un pensamiento, es una concepción autoritaria de la política.

Ellos avanzaron mucho en esos años, nosotros, sin duda, retrocedimos demasiado. En mi primer viaje los veía con el pasacasete debajo del brazo, la inseguridad los asolaba. Hoy ya no la tienen, y a nosotros se nos cae encima a diario.

Tuve mi tercer encuentro con el Santo Padre, un regalo de la vida ser amigo del Papa. Y un dolor esa distancia que lo lleva a no visitarnos. Somos una sociedad fracturada y estamos lejos de superar esa enfermedad.

De eso no se sale derrotando a una persona o a un pensamiento, de eso solo se sale cuando seamos capaces de superar la concepción del otro como enemigo para entender al adversario.

Y por ahora estamos lejos de lograrlo. Solo coincidimos en asumir el fracaso, la decadencia que implica la multiplicación de los pobres, ese imparable crecimiento que está marcado esencialmente por el tiempo de retorno a la democracia.

La atrocidad del golpe nos dejó el dolor de los desaparecidos unido al sino del empobrecimiento. Es muy fácil buscar culpables, hasta el momento ninguno logró detener la sangría.

En algo equivocamos nuestra definición del responsable. Todos pensamos que es el otro, falta asumir que esas miserias las forjamos entre todos.

Europa es un mundo organizado, España se enfrenta con el complejo problema de Cataluña. Asusta ver la televisión que condena ese supuesto nacionalismo como si todo fuera a resolverse aplicando la ley.

En un mundo que se vuelve universal las particularidades se radicalizan y a veces van más allá de la misma lógica. No todos los nacionalismos son de derechas ni todos los internacionalismos de izquierda. Las identidades surgen como virtud a veces y como defecto otras.

Uno se pregunta qué parte de ese fenómeno tiene un límite en las leyes y qué reforma exigen las naciones para volver a contener a todos sus miembros. Condenar no suele eliminar un proceso, habría que conocer y comprender su verdadera raíz histórica.

España se enfrenta con dos nacionalidades y a veces siento envidia, ya que nosotros confrontamos sin un sentido de patria de ninguno de los dos sectores de la grieta.

Los que se fueron imaginaban al proletario universal, los que llegaron, muchos, creen en el consumidor universal. La vida no es ni una revolución ni una góndola de supermercado.

Y a veces eso nos cuesta entenderlo. Y sin ser patria, jamás lograremos ser nada. Repito al maestro Marechal, “la patria es un dolor que aún no tiene bautismo”.

Publicado el 19 de noviembre de 2017.

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