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Lecturas de vacaciones, de Piglia a Stefan Zweig

Aunque sea cada vez más difícil desengancharse de la actualidad, meternos en el universo de autores como Ricardo Piglia o Stefan Zweig nos vuelve seres más despiertos.

Por Julio Bárbaro para Infobae

Se nos fue Ricardo Piglia. Encontré su “Formas breves”, lo fui releyendo apurado, como si volviera a descubrir su genial manejo de ese mundo de la literatura que los aficionados recorremos solo en sus arrabales. Me asombró su referencia a un encuentro entre James Joyce y Carl Jung, dos grandes que uno no imaginaba se hubieran cruzado. Siempre me sentí más cercano a Jung que a Freud, cosas que uno apenas puede sostener en un debate, gustos, que de eso en el fondo se trata. Para Jung existía un inconsciente colectivo, y eso me acerco a él desde joven, enamorado de lo que hoy los neófitos denominan “populismo”.

Joyce tenía una hija psicótica, cosa que como padre le costaba admitir, y la impulsaba a escribir. Jung había escrito un texto sobre el “Ulises” y sabía muy bien quién era Joyce. Y este le acerca los escritos de su hija diciéndole, “acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo”. Jung le contesta: “Pero allí donde usted nada, ella se ahoga”.

La inteligencia tiene eso, la capacidad de reducir una vida en una imagen. Piglia sigue con esa imagen de la natación en la literatura.  Y luego me lleva a Gombrowicz, al que trata de escritor argentino.  Siempre me dio curiosidad el mundo de ese genio polaco en nuestra capital. especialmente el hecho de que su consagración se da en su retorno a Europa.  Eso somos, casi que podríamos decir que el tango triunfó antes en Paris que en estas tierras. Piglia había recibido aquí un premio del Honorable Senado, que en este caso había estado a la altura de las circunstancias. La inhabilidad de reconocer la dimensión universal del Papa es un fenómeno similar, que haya nacido y se criado entre nosotros nos resulta demasiado complicado.

Continuando con mis lecturas, venía repasando al Giovanni Sartori de “La carrera hacia ninguna parte”, y me compré de Todorov “El arte o la vida”.  Me quedó de Todorov aquel momento donde se enfrenta con nuestras lápidas y nuestros “progresistas de los setenta”  y descubre que están solo los caídos de un bando. Y esa herida donde no pudimos ni superar la grieta de los muertos. El libro de Todorov me trajo el recuerdo de una maravilla que había leído de Jorge Semprún titulada “La escritura o la vida”.  Una vida tan atrapante como la de “El primer hombre” de Albert Camus. Esas vidas que no solo son intensas sino que además tienen el talento para contarlas. En mi juventud me había vuelto adicto a André Malraux, y me devoré sus “Antimemorias”. A veces vuelvo a su diálogo con De Gaulle, de quien fue su ministro de cultura, titulado “La hoguera de encinas”, y me genera envidia esa distancia que hay entre la mirada de los grandes y los alaridos de algunos mediocres.

Y estando en Uruguay me sedujo un libro que recorre un diálogo entre el general Líber Seregni y Mauricio Rosencof, ambos con años de cárcel de la dictadura encima, ambos repasando sus recuerdos a partir de una mirada sin rencores, un asombroso recorrido por el sendero de la sabiduría. Y uno puede comparar, no está en los países nórdicos, ni encontrando ejemplos imposibles de imitar. Estamos acá al lado, viendo el ejemplo enorme de esta historia de ellos que es parecida a la nuestra, paralela, pero tan distinta. La distancia es sideral, hubo autocrítica y es esa misma guerrilla la que se convierte en matriz de un frente político capaz de construir y consolidar un nuevo sistema de poder. Y cuidado, ellos tienen también una derecha tan digna como la que representa don Julio María Sanguinetti.  Leo el libro y me genera envidia, pocas cosas miden con tanta precisión la estatura de una dirigencia como el diálogo entre sus interlocutores, más aun entre los que sufrieron la cárcel y están fuera del poder.

Y me compro “El legado de Europa” de Stefan Zweig. Son esos libros donde uno puede medir el tamaño de su ignorancia frente al conocimiento del autor. Y los años permiten eso, tener más tiempo para leer que antes, asumir que la vida deja enseñanzas y que a veces es la lectura un lugar donde es posible ahorrar energía aprendiendo de la experiencia ajena. Perón solía aconsejarlo porque decía que la propia cuesta mucho y llega tarde. Reviso las librerías confirmando que los libros son también un artículo de consumo, tienen su tiempo y pasan de moda. Los autores de mi juventud ya ni figuran en los anaqueles. Leer en los colectivos, subtes o trenes, era el tiempo en que nos llamaban “sobaco ilustrado”, llevar un libro definía una forma de pararse en la vida. Era una marca, como hoy lo es el tatuaje. De los veinte a los treinta trabajé de taxista y cajero del remate de carnes del mercado del Abasto. Soy de los que tienen más calle que biblioteca, sin demasiada formación académica. Pero curioso, eso sí.

Volviendo al inicio, Piglia nos narra en “Formas breves”  la historia de Macedonio Fernández, quien le escribía los discursos a Hipólito Yrigoyen. “Trasladó su hermetismo al lenguaje presidencial” dice, y uno se queda añorando aquel lugar común a veces cierto de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Hace unos años un señor elegante me estiró la mano diciendo “debo felicitarlo, nunca había visto un político en una librería”. No me atreví a responderle lo que se me ocurrió: “Le pediría que no lo cuente, no está bien visto”. Podría ser una humorada, pero es demasiado cercana a la realidad.

Publicado el 15 de enero de 2017.

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