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Los dogmáticos están ganando

Neoliberalismo, populismo, feminismo… Siempre un movimiento nuevo querrá imponer una manera de ver las cosas sin matices. La importancia del ejemplo de Camus.

Por Julio Bárbaro para Infobae

Aquí nadie duda, no se estila, los fracasos exigen las certezas. Somos la sociedad que más retrocedió en el continente, sabiendo siempre que la culpa la tuvo el otro. El populismo o el neoliberalismo, el otro, ese dueño del mal que necesitamos eliminar y nos permite definir nuestra identidad. Ahora llegó el feminismo, desde ya obligatorio, no podía ser de otra manera, que como todo lo nuevo condena al pasado, al otro y a quien no adhiera. Todo viene con su cuota de soberbia y certeza absoluta, todo arriba en su variante de dogma. Y su correspondiente cuota de fanatismo. Hay bandos y muchos que parasitan esos odios, esa inmadurez que nos lleva a retroceder con gritos y fanfarrias, esa impotencia de hacernos una autocrítica.

Aquí nadie es culpable de nada: la miseria extrema que vivimos tiene cuatro décadas. Los peronistas tenemos mucha responsabilidad en ese fracaso, lo recorrimos en versión liberal con Carlos Menem y en versión con disfraz justiciero con los Kirchner. Tengo 76 años, transité una sociedad infinitamente más integrada, viajaba en tren a la Quiaca y a Bariloche, de segunda pero limpio, había trabajo, los humildes se integraban. Y cuidado, no hago apología del peronismo como hecho aislado, en la presidencia de Alvear éramos uno de los seis países con desarrollo aeronáutico. Llegamos a fabricar aviones y tanques, nuestros propios modelos de automóviles. Fui taxista en un Siam Di Tella 60, de industria nacional. Y eso fue el radicalismo y el peronismo, junto a muchos conservadores, también desde ya Arturo Frondizi lo mismo que Arturo Illia, hasta Juan Carlos Onganía respetó esa sociedad.

Enfrenté a Cristina convencido de la necesidad de pacificar, ahora dudo mucho de la política de Mauricio Macri, me cuesta entenderlo. El Estado no puede estar solo a su servicio, ese rumbo no tiene nada de nuevo, es sin duda lo peor del pasado.

Cuando el Presidente de Francia aclara que no acepta el libre mercado para defender a sus agricultores, miro con asombro a los supermercados franceses, inversión que destruyó centenares de almaceneros y que no tiene ninguna razón de ser. Pareciera que Francia decidió ser una nación y nosotros tan solo una colonia. Debemos enterarnos de que en el presente no hay colonia próspera, es tan solo un camino a la miseria. Los supermercados son innecesarios, como toda concentración económica y el resultado es la desaparición de los pequeños comerciantes, esos que en Europa son defendidos como parte esencial de la sociedad.

 Si todas las ganancias son extranjeras, ¿no implica eso condenar al trabajador nacional a ser empleado de una empresa extranjera? Desde ya que este debate no estuvo presente ni en el gobierno revolucionario que perdió ni el neoliberal que tenemos. Soy peronista convencido de que del otro lado se instalan una izquierda y una derecha colonial, salvo los radicales y los conservadores, solo esos tres troncos sostuvieron una visión digna de rescatar.

Entre la condena al populismo, la obligación de adherir al dogma feminista y la dura crítica al neoliberalismo, en medio de esos dogmas habitan miles de dudas, en especial la convicción de que solo convocando a la unidad nacional podremos enfrentar la crisis que sufrimos.

No sigamos con el cuento de las encuestas, de quién sube y quién asoma para enfrentarlo, o que tienen varios gobiernos por delante y absurdos delirios por el estilo. Las culpas del ayer son enormes, así y todo no alcanzan para justificar los errores de hoy. La desesperanza vuelve, las tarifas parecen un castigo bíblico, las limitaciones son lo único que parece ser definitivo.

Somos una sociedad sin rumbo, sin siquiera un discurso que nos devuelva la fe. No lo tiene el Gobierno, tampoco la oposición.

Y el Santo Padre, sus mensajes son religiosos, consuelan al que sufre más allá de sus errores, al preso y al enfermo, al derrotado y al castigado, recupera el lugar de la religión, esa grandeza que para nosotros hace tiempo, mucho, que no puede recuperar la política. Cuestionó como pocos al poder que se fue, lo hace como pocos al poder que llegó. Y a demasiados se les vuelve imposible ver la realidad más allá de sus propias convicciones, de sus amores y sus odios, de ese espacio trascendente que necesita ocupar la fe.

Nunca me canso de citar a Albert Camus cuando decía: “Debería existir el partido de los que no están seguros de tener razón, sería el mío”. También el mío, pero por ahora ganan los fanáticos, esos que alegremente nos llevan sin siquiera saber a dónde. Y eso da miedo.

Publicado el 4 de febrero de 2018.

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