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Los fanatismos crecen y los conceptos se debilitan

Perón contaba que en el golpe del ’55 todos se habían unido en su contra. Iba a tardar 18 años en lograr dar vuelta esa alineación y convertir a sus enemigos de ayer en aliados de su retorno.

Por Julio Bárbaro para Infobae
Pocas veces tantas fuerzas encontraron una opción de acercamiento, no solo en lo político sino también en lo económico y social; las coincidencias eran enormes.Pero la violencia acechaba y la estabilidad no pudo superar su muerte. Muchos se creían sus herederos, el golpe y los desaparecidos fueron la consecuencia de esa ambición sin ideas.

En aquella confrontación, la violencia imperaba en todos los sectores. Pasaron demasiados años para que no hayamos aprendido nada o muy poco de aquel dolor que no olvidamos. Lo malo, lo triste, es que no podamos convertir el pasado en sabiduría, y dejar de fomentar la confrontación cuando de sobra sabemos que no lleva a ningún destino, que solo nos conduce a profundizar la decadencia.

Que tantos años más tarde, y sin siquiera aceptar los resultados electorales, haya quienes sigan apostando a la anarquía, que no logremos convertir nuestras propuestas en expresiones de un proyecto colectivo; todo eso nos convierte en una sociedad fracturada y sin destino, dado que no logramos superar la condición de enemigos para convivir entre adversarios.

El conflicto Mapuche, la desaparición de Santiago Maldonado y la ocupación de los colegios nos someten a una noción de inseguridad que va más allá de lo cotidiano, que intenta cuestionar nuestra misma identidad colectiva. Unos acusan a populismos varios sin siquiera definir la identidad del mal denunciado; los otros ven neoliberales en estado puro que imponen los negocios por sobre el mismo Estado. Y para terminar el cuadro absurdo, aparecen los adoradores de consignas huecas que repiten como aves parlanchinas la absurda frase de “no criminalizar la protesta”. Este conjunto de consignas sin ideas nos someten a una agresividad sin sentido, y terminan generando una sensación de frustración colectiva sin rumbo ni solución a la vista.

Como en cada etapa de nuestra cercana decadencia, inventamos personajes que aparecen rodeados del halo de la lucidez y que tan solo son dueños de un pedazo del poder coyuntural. La cantidad de triunfadores circunstanciales que pasaron al olvido sin pena ni gloria define la fragilidad de nuestras convicciones. Pasajeras fueron las ideas y sus portadores. Liberales de mercado y populistas de universidad, ideas cortas para codicias desmesuradas.

Hasta un grupo de sacerdotes firma un documento donde considera imposible para un cristiano votar al oficialismo. Me resulta un poco exagerado, no tanto por las limitaciones del Gobierno sino también por la objetiva y dudosa entidad del sector derrotado. El Gobierno no enamora pero la opción de Cristina Kirchner es en rigor la única responsable de un voto tan conservador. Cuando una propuesta que se dice de izquierda y progresista, sin serlo y ni siquiera parecerlo, comete los desmanes del kirchnerismo resulta absurdo imaginar que la pertenencia ideológica obligue a continuar apoyándolo. Se me ocurre que es tan cierto que el Gobierno es conservador como que los que se fueron también lo eran, sin siquiera asumir la responsabilidad de gobernar con solvencia.

Estamos en un momento de grave crisis política y social, y nada indica que podamos elevar el nivel del debate; por el contrario, los fanatismos crecen mientras los conceptos se debilitan.

Necesitamos asumir que cada sector necesita generar una versión de sí mismo compatible con el resto de las expresiones, que solo un acercamiento entre las partes puede sacarnos de la crisis. Mientras una supuesta izquierda autoritaria y destructiva imponga su versión de la confrontación permanente, mientras eso suceda, el atraso y la decadencia seguirán siendo el rumbo que nos guía.

Agudizar la contradicción es la propuesta gastada por el fracaso de grupos que solo disfrutan la derrota; apostar al enfrentamiento implica seguir lastimando a los más débiles. Es cierto que los grandes grupos económicos saquean nuestra economía, tanto como que sólo con democracia y propuestas claras podremos enfrentar sus desmesuras.

Somos una sociedad en decadencia, que lleva décadas de crecimiento de la pobreza y de caída de todos los índices de integración social. Ser responsable obliga a forjar una propuesta política superadora. Y eso no se logra con denuncias ni tomas de colegios, eso exige esfuerzo y talento. Mientras no logremos concretarlo, seguiremos ocupando el lugar de los irresponsables, cuya queja carece de sentido y de respeto. Y mientras eso siga, no tenemos derecho a irritarnos. El Gobierno, mal o bien, es el único que por ahora tiene un proyecto. Convertir las alternativas en opciones mayoritarias es nuestra obligación. Y esa responsabilidad hasta ahora continúa pendiente.

Publicado el 24 de septiembre de 2017.

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