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María Julia, símbolo de una época que marcó la decadencia nacional

Cuesta separar lo importante de lo secundario. María Julia Alsogaray terminó convertida en el símbolo de una época, de una etapa que marca el punto de inflexión de la decadencia nacional.

Por Julio Bárbaro para Infobae

Dueña de un apellido que se caracterizó por el odio al Estado, terminó participando de ese sueño que implicaba para ellos la gran salida de la crisis.

Absurdo; liberales hay en todos los países. Son aquellos que incitan a la competencia. Pero como todos, tienen dos versiones: la nacional y la colonial. En la primera, se incita a la competencia entre las propias empresas, mientras como en todos lados se intenta proteger la propia industria.

Nosotros tuvimos una rama liberal rara, absurda, que imaginaba que competir es lo mismo que la carencia de Estado y de fronteras, cosa que no hace nadie y mucho menos los países grandes y poderosos. Lo cierto es que destruyeron el Estado, hasta los ferrocarriles, cosa de la que no hay otro ejemplo en el mundo. Domingo Cavallo y Roberto Dromi fueron mucho más nefastos que ella, pero supieron correrse y terminaron fuera de la condena que sin duda hubieran merecido.

Recordar aquellos años duele porque el encuentro entre el liberalismo y el peronismo podría haber servido para gestar una mejor sociedad. Pero no tuvimos suerte: ambos se encontraron en su peor versión. Imaginaron que privatizar era enriquecer y terminó siendo lo contrario. Después de ellos nunca dejó de crecer la pobreza.

María Julia era portadora de un apellido dueño de una historia pesada. Su padre había sido ideólogo de buena parte de los golpes de Estado… De la mayoría. Luego se montaron en las dificultades que les dejó Alfonsín para justificar la destrucción del Estado. Mientras lo hacían, entraban algunos capitales, pero en rigor de verdad vendieron todo a cambio de casi nada. Terminamos más endeudados que antes.

La excusa era el odio al peronismo, el nefasto “Turco” Menem y sus amigos imaginaban que la modernidad era el nuevo rostro de la traición. Muy pocos vieron la gravedad de ese rumbo, como en toda nuestra atroz decadencia siempre asombra la indiferencia de los políticos y los empresarios, todo esto es posible porque no existe siquiera un atisbo de clase dirigente, de gente capaz de impedir una debacle indiscutible.

Todavía, cada tanto algún distraído me sale con el cuento de que “antes no se podía hablar por teléfono”, como si la tecnología fuera hija de la decadencia. Antes no había celulares en la humanidad; no los trajo “El Turco” ni sus socios.

La corrupción imaginaba ser la lógica consecuencia de un país mejor. O sea que privatizaban y robaban como “comisión” por el éxito futuro que según ellos nos iba a acompañar. La corrupción quedo en las riquezas de muchos a los que nadie acusa, la pobreza está en las calles y sigue creciendo, y María Julia fue un símbolo de esa etapa más por su inocencia y por sus convicciones que por su responsabilidad. Ella creía en ese mundo sin Estado que también los Kirchner aprovecharon para privatizar YPF como gestores principales.

Ni Uruguay, ni Chile, ni Brasil pasaron por esa experiencia suicida. Eso explica que somos el único país que retrocede, que pierde en todos los índices, que no para de ver cómo se multiplica la pobreza.

Como siempre, el tema fue la ideología, y la corrupción una simple exageración de esos principios. La condena en su persona es injusta porque deja de lado la responsabilidad real de todo ese gobierno, de toda esa terrible etapa de decadencia política, moral e ideológica. La ideología es lo grave, lo absurdo, la corrupción no alcanza para explicar semejante decadencia. Y por ahora, seguimos sin entender de qué se trata, qué lugar debe ocupar el estado y cual lo privado. No logramos salir de los odios de los setenta ni de la decadencia de los noventa. El pasado, al no poder entenderlo y superarlo, nos termina condenando. Y por ahora, nada promete superar esa triste realidad.

Publicado el 25 de septiembre de 2017.

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