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ARTÍCULOS

Odio sin destino

Los temas se agotan, y a veces agobian. No el dolor, ni el respeto al otro, sólo la tristeza de no poder salir de la confrontación.

Hay una vida perdida, y una utilización desmesurada de esa tragedia, una paranoia que puede inventar teorías infinitas. Frente al duelo estuvo todo, menos el necesario y respetuoso silencio.

Por Julio Bárbaro para Infobae.

Si fuéramos una Nación, la adversidad nos convocaría a la solidaridad. España y Cataluña se enfrentan por dos visiones de la identidad; me generan envidia, nosotros nos odiamos sin siquiera intentar saber qué somos. Unos imaginan representar al proletario universal y los otros al consumidor, ambos sin patria ni bandera. Los nuestros son odios sin destino. Hay unos indios de Formosa que sufren vivir en una zona liberada por los derechos humanos, y otros de Chubut, con presencia progresista. Y lo peor, del otro lado terratenientes extranjeros que de sólo nombrarlos y medir sus extensiones nos dejan con la idea de que todo es vendible. Veo tan discutible el derecho de los indios como me subleva la propiedad sin patria. O ese señor que nos escondió el Lago Escondido, ¿Dónde comienza lo privado y se acaba lo colectivo? ¿No tiene que haber un límite a la compra de tierras por los extranjeros? Tampoco me atrevo a decir que los extranjeros sean más dañinos que Lázaro Báez. Los dos se quieren quedar con lo de todos.

Tengo diferencias con el actual Gobierno, mientras apoyo sin dudar la democracia. Me asusta el solo pensar que hubiera pasado si ganaban los otros, esos que se ocuparon de profundizar el odio que genera la injusticia sin por ello proponer soluciones, solo subsidios. Y ese sueño de algunos de convocar al estallido, a una revuelta sin otro valor que canalizar el resentimiento. El gobierno anterior les permitió la demencia de mezclar los Derechos Humanos con la reivindicación de la guerrilla. Y terminamos en esa mezcla absurda donde la corrupción se travestía de revolución. Inauguraron trenes que no llegaban y hospitales que no asistían, y varias veces, como si el relato reiterado pudiera ocupar el lugar de la misma realidad. Y se desnudan corrupciones que apabullan, algunos dicen que eran casuales, otros pensamos que lo casual era el relato, el negocio ocupaba el lugar de lo esencial.

El peronismo fue columna vertebral del movimiento nacional. Luego, tanto Menem como los Kirchner, traicionaron su esencia. Recolectaron y expresaron los odios sin patria, olvidando lo esencial del último Perón que era una patria sin odios. Pienso que mi peor enemigo es el que utiliza la causa del bien para ocupar el espacio de la degradación. Voté a Macri porque no me vende peronismo, ni progresismo ni Derechos Humanos. No voté a Scioli porque me dañaba que arrastren la dignidad de nuestros sueños. Me cansa el cuento de los marxistas que proponen “no hacerle el juego a la derecha”; la corrupción del supuesto peronismo es el verdadero gestor e impulsor de esa discutible “derecha”. Ahora quiero votar a favor y no más en contra, la realidad me lo permite.

Fui a tomar un avión de Aerolíneas y habían retirado a quienes ayudaban en las máquinas para la emisión del ticket. Me dirigí a un responsable y me anunció que les habían prohibido ayudar a quienes lo necesitaban. Un nuevo gerente que intenta reducir personal. De manual, como si la empresa fuera privada; los jóvenes que colaboraban tenían trabajo y los clientes lo agradecíamos. En el Estado sobran multitudes, este gerente fue educado para reducir personal. Que alguien le avise que genera un doble daño, al cliente y a la empresa. No ahorra nada más que su cordura, esa que le deben haber quitado el día que entró a una “escuela de negocios”. Me dio mucha bronca. En otros casos asumo que los que gobiernan son más eficientes que los anteriores. Esa es nuestra misión, sólo el aprobar lo bueno autoriza a criticar lo absurdo. Y por ese camino dejamos de participar de un lado de la grieta y medir todo con la misma vara.

Es un día de elecciones, es bueno que no haya mayorías absolutas pero es malo, muy malo, que exista el odio entre las minorías. Estamos mucho peor que hace varios gobiernos, pero no lo suficiente como para que aprendamos que como enemigos no hay salida. Es imposible derrotar al otro, eso vuelve imprescindible el negociar, acordar, colaborar en políticas de Estado.

Nisman o Maldonado. Hasta la historia nos regaló un Papa argentino y lo dejamos hundir en la grieta. Todo es en bandos, divididos, enfrentados, y ese permiso para decir “este país de mierda”. Cada vez que lo expresamos nos estamos peleando con el espejo, con lo que fuimos capaces de construir. Lo primero sería coincidir en defender la democracia, unirlos en torno a esa causa, y marginar a los violentos, a los que sueñan con el estallido. Sería un primer paso, humilde pero imprescindible.

Publicado el 22 de octubre de 2017.

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