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Pandoras

Un recorrido por el acto en el que Macri homenajeó a Perón, por el fallo de la Corte Suprema sobre el 2 x 1, sobre la tragedia de Venezuela y sobre los que siguen encerrados en sus dogmas.

Por Julio Bárbaro para Los Andes

El Presidente nombró a Perón. En una sociedad normal, ese hecho y su participación en el acto hubiera sido un gesto de amplitud política.

Dije en una sociedad normal, de ésas que hay aquí cerca, cruzando alguna frontera.

Aquí desató la afilada lengua de los decidores de tonterías, que no son multitudes pero alcanzan para aportar mediocridades durante varios días.

Distintos propietarios del peronismo, muchos de esos que fueron soldados rentados de Menem y Kirchner, de esos que son de oficio político, muchos de esos salieron a cuestionar el derecho del Presidente a hacerlo, gesto por lejos más cercano al respeto al pasado que el desprecio que los Kirchner y sus seguidores tenían y expresaban por el General.

Del otro lado de los anti todo, también hubo alaridos de selva tropical enojados porque el Presidente no comparta y exprese su odio a los demás.

Se me ocurre que Macri debería en ese momento haber comprendido al Santo Padre, frente a esa limitación mental de tantos fanáticos ilustrados convencidos de que todos deben expresar lo que ellos piensan; de tantos mediocres asustados opinando de lo que no llegan a entender.

No hay muestra mayor de limitación mental que el intento de universalizar nuestras limitaciones.

Tenemos fanáticos en cantidad y calidad abundante, gente segura de sí misma, de ambos lados de la grieta, cultivadores y parásitos de la misma.

Macri se animó a poner un pie del otro lado del rencor, y eso está prohibido por ambos ejércitos de cerebros esclerosados, de fieles del culto a la cerrazón mental.

Luego la Corte Suprema produjo un fallo importante y cuestionó otro dogma de fe de otro grupo de fanáticos o de vivos, o quizá de vivos fanatizados; cuestionó una coma de la suprema teoría de los dos demonios.

Y de pronto salieron muchos a gritar como si algo hubiera caído, como si aquello que se sostenía en lo jurídico no necesitara otra mirada política.

Para los juristas esto rompe acuerdos internacionales. Para el partido de los derechos humanos termina con la supremacía moral de la víctima sobre la memoria; para la reconciliación necesaria podría ser un paso importante e imprescindible. El tiempo lo ha de juzgar.

Alguno de los familiares habló como un deudo y dijo no haber agredido a nadie. Como si la violencia de la guerrilla fuera un invento de la dictadura, o de Perón, o de López Rega, o de una de esas variantes esquivas que crearon para dibujar un pasado que nunca existió.

Mientras los deudos ocupen el lugar de sustitutos de los violentos, ni siquiera lograremos entender de qué hablamos.

El cuerpo teórico del partido de los derechos humanos está relatado por las Madres y las Abuelas, nobles personas que fueron sin duda una de las últimas expresiones de la dignidad en una sociedad aplastada por una horrible dictadura.

Claro que así, desde el dolor de los familiares, no se entiende la teoría de la violencia y la actitud de sus militantes. Ejercieron la violencia en democracia. Alguna autocrítica sería necesaria para salir de este ayer tan incomprensible como deformado.

Nos lastima la tragedia de Venezuela, un lugar en que los que se fueron derrotados habían elegido como espejo del paraíso al que nos invitaban a ingresar.

Pocos de los grupos políticos se animan a cuestionar a esa dictadura, parecida a la historia que transitamos con la Cuba de Castro; como el malo era el imperialismo, los otros eran los buenos. Siempre la misma matriz que sostiene la absurda y pretenciosa teoría de los dos demonios. Dado que la dictadura era nefasta, la guerrilla no podía ser cuestionada.

Los Kirchner utilizaron ese dolor para instalar una dogmática que parecía progresista y ética y terminaba siendo todo lo contrario. Los hermanos uruguayos pasaron de la violencia, a ser gobierno transitando el camino de la autocrítica, de la humildad y la grandeza. Por desgracia, de esa estirpe y con peso político nosotros no tenemos ninguno.

Nos visitará en unos días Don Ramón Tamames, un marxista de verdad que fue actor central en el Pacto de la Moncloa.

España salía de un millón de muertos y de una atroz dictadura, y un comunista como Santiago Carrillo junto a un franquista como Manuel Fraga Iribarne, ellos fueron capaces de encontrarse y forjar juntos las bases de una nueva sociedad. Felipe González renunciaba al marxismo y el Maestro Don Tierno Galván se reivindicaba marxista. Claro que eso es posible cuando hay grandeza de ambos bandos, cuando sus actores principales se comprometen a dar ese paso que los convierte en forjadores del futuro.

Aquí seguimos con libros de ficción y relatores de dudosa coherencia. Pocos, muy pocos, intentando salir de ese fango que implica un pasado no resuelto o peor aún, deformado a la medida de confusos intereses.

Publicado el 7 de mayo de 2017.

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