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Perón sabía que el experimento cubano fracasaría

El General tenía claro que la experiencia revolucionaria no era exportable al continente, y por eso debió soportar ser tildado de “derecha” por muchos de sus seguidores. La historia, una vez más, le dio la razón.

Por Julio Bárbaro para Infobae

No era inmortal, hubo un tiempo donde albergó todos los sueños. Nació como bandera contra la injusticia y el autoritarismo. Cuando el marxismo avanzaba en el mundo, cuando la Unión Soviética se encontraba con la China de Mao y el Vietnam de Ho Chi Ming, Cuba fue la vanguardia revolucionaria del continente. Formó guerreros en sus tierras, exportó revoluciones, la imagen del Che era un símbolo universal de la rebeldía. Eso sí, el marxismo nunca se animó a convivir con la democracia, la justicia distributiva quedo pegada al autoritarismo para siempre. Ese que sigue vigente en China, ese que tiene presencia en la Rusia de Putin. No lograron asociar la justicia con la libertad y entonces la justicia se fue volviendo discutible, las burocracias se instalaron en el espacio que decían ocupaban los pueblos.

Fidel murió pero ya se había retirado, era su hermano el encargado de retornar al mundo occidental. Del viejo marxismo sólo quedaban algunos grupos instalados en el espacio del poder. China retornaba a su vocación imperial, Rusia intentaba un camino parecido con menos éxito y Corea del Norte habitaba más cerca del grotesco que del marxismo. La globalización intentaba instalar a los grandes capitales por encima del poder de las naciones como variante más nefasta del capitalismo despiadado donde la concentración destruía a las mismas virtudes de la competencia.

Visité Cuba cinco veces, quizás más, pude dialogar con sus intelectuales y con sus ciudadanos, hasta tuve el honor de encontrar al amigo Chacho Jaroslavsky en su proceso de recuperación. Había salud y educación a pleno, luego una vida compleja donde se cruzaban la frustración del sistema con la alegría vital de su pueblo. Y la necesidad, la urgencia de todo, la ausencia de todo, presente siempre en una sociedad que en ese entonces ni tenía vidrieras. Ellos reían marcando que no había sobrepeso, las bicicletas ocupaban el lugar del transporte público que era tan escaso como incómodo.

Años exportando violencia destinada al fracaso, millares de vidas sin ningún triunfo, un espacio de los sueños que sólo conducían al suicidio. El General Perón había nombrado un sucesor, el prestigioso John William Cooke, quien se enamoró de la Revolución Cubana, una discusión que llevó a algún extraviado a imaginar que por negarse a vivir en la isla Perón era de derechas. El General sabía de sobra que la experiencia de una isla no era exportable al continente. Y que estar en contra de un imperio no implicaba ni permitía caer en manos del otro. Y Cuba había terminado dependiendo de la Unión Soviética.

Gelbard, ministro de Perón, nos contaba que el General ordenó ayudar a Cuba y venderles automóviles, que quizás nunca pagarían. Las fábricas que eran subsidiarias de los Estados Unidos se negaban a entregarlos. El General le dijo: “Avise que si no los entregan las nacionalizamos” y los coches argentinos todavía recorren la isla. Fabricábamos aviones y desde ya vagones, la supuesta izquierda cristinista importó vagones y hasta durmientes. Cipayos infiltrados en el movimiento nacional.

Cuba fue el espacio de los sueños de juventud, como el marxismo, como la revolución. El bloqueo imperial fue una limitación pero también una excusa. Chávez les aseguro su sobrevivencia final, claro que la burocracia y el culto a la personalidad impidieron que fuera un ejemplo con fuerza de mayorías. Cuba terminó habitando los claustros universitarios, el turismo alteró para siempre su siesta aislada del mundo y aparecieron los comercios y las vidrieras. Con el turismo volvió el capitalismo. Complejo, sólo los países nórdicos lograron construir sociedades justas e integradas en el seno de la democracia. La iniciativa privada es imprescindible, tanto como la limitación a la concentración del capital, que es su peor enemiga. En Cuba todo era del Estado y con los años esa situación terminó en la imposición desmesurada de la burocracia.

Hubo un tiempo donde en La Habana ni sus intelectuales más reconocidos podían ingresar con nosotros a los restaurantes de los hoteles. Por otro lado la corrupción estaba presente en sus gestores, era sólo ingresar a un Hotel estatal para recibir propuestas de coimas y prostitución. Y también mucha militancia de verdad, muchos convencidos que entregaban la vida a la causa. Todo mezclado como en el gran teatro del mundo.

Néstor Kirchner una vez me ofreció la Embajada, fue la única que me hizo dudar, no había aceptado ni París ni Roma, pero Cuba me convocaba; era ser testigo de una experiencia extrema de la política. No acepté, mantuve mi decisión de no ser nunca embajador, de no cargar con el premio que usa la política para pagar el silencio.

Una mañana llegué a Miami como funcionario, reconocí el acento cubano del chofer, me interrogó con simpatía “¿le gusta Miami?” y yo, que nunca soporte ese espacio, le respondí en versión provocadora :”Si, pero más me gusta La Habana”. El cubano hizo silencio. Y habló con sentimiento. Soy exiliado, me dijo, tengo casa propia y este coche, nada me falta y el año pasado pude volver a Cuba a visitar a mi familia. Fue doloroso, ellos no tienen nada, pero le digo una cosa: “la alegría se la quedaron ellos”.

Publicado el 27 de noviembre de 2016.

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