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¿Sirve el papa Francisco para hacer política?

Ser recibido por el Santo Padre es un alto honor personal, pero algunos buscan lucrar con esos encuentros para hacer avanzar sus carreras.

Por Julio Bárbaro para Infobae

Hace tiempo que cada gesto del Santo Padre lleva a la tropa de sus detractores a generar explicaciones. Siendo cardenal, Jorge Bergoglio se enfrentó con el kirchnerismo en forma dura e indiscutible. A causa de esa diferencia apareció el triste libro de Horacio Verbitsky, quien quiso acorralar a un cardenal y logró convertirlo en Papa. Eso sí que es una muestra de capacidad.

Naturalmente, que el cardenal Bergoglio haya confrontado con los Kirchner cuando estaban en el poder no implica, ni remotamente, que se tratase de una figura de la oposición. La Iglesia está obligada a convivir con el poder sin formar parte del mismo. Nosotros hemos terminado degradando la política hasta ubicarla en el lugar del deporte; en consecuencia, actuamos como hinchadas y en este absurdo Boca-River cada gesto de libertad termina mereciendo las críticas de los que expresan sus ideas como la única verdad.

Nunca imaginé tanta agresividad contra el peronismo y el Santo Padre, que ocupa un lugar en el mundo más a pesar nuestro que como expresión de nuestra madurez. Desde ya que el Papa Francisco está mucho más allá de cualquier pertenencia política, y esto no quita que su historia se encuentre más ligada a las convicciones de los humildes que a la de los poderosos. En ese sentido suelen ser simétricas las agresiones de los elegantes de derechas como los de izquierdas; eso de pertenecer a la minoría lúcida y considerarse superior al resto es una enfermedad de la soberbia que supera cualquier pertenencia supuestamente ideológica.

Para Vilfredo Pareto, “la historia es un cementerio de aristocracias”; la nuestra en los últimos años es un espacio vacío, nos sobran minorías pero a todas ellas les falta lucidez.

El Papa Francisco recibe a muchos -se me ocurre que la única señal que lo define está centrada en los que no recibe. Luego, ser o no recibido por el Papa tiene, creo yo, más relación con antiguas amistades que como definiciones políticas. Los años pasan y lentamente sus encuentros con Cristina Kirchner o con Mauricio Macri se van adecuando más a lo institucional que a una definición de algún apoyo o cuestionamiento. La cantidad de interpretaciones que se le atribuyeron a cada encuentro demuestra con el tiempo que carecían de sentido político.

El Santo Padre, según mi visión personal, solo define su relación con nuestra realidad en el hecho de que demore tanto en visitarnos. Luego, hay más de uno que habla en su nombre y ni siquiera logra que lo reciban, algunos tienen mucha relación pero hacen silencio y otros, no tienen ninguna llegada y simulan tenerla.

Hay demasiados personajes que carecen de imaginación, cuyo sectarismo los lleva a imaginar que el Papa debería pertenecer a su propio partido, maniqueos que al depositar el mal en los otros imaginan que hasta el Papa debe aceptar semejante fractura. Lo importante es que con el paso del tiempo queda de sobra claro que el Papa no quiere influir en nuestra política, que nadie puede asignarse su bendición para el desarrollo de su propia ambición.

Se me ocurre que a veces, aburridos de nuestras reiteradas frustraciones, de nuestra repetición de sinsentidos en la política cotidiana, a veces y cada vez menos, vemos qué hace el Papa; debimos aprender de sobra que sus gestos no influyen en nuestra realidad y mucho menos lo intenta.

Tuvimos un Gobierno, el kirchnerista, que envió delegados a Roma para impedir que el Cardenal Bergoglio llegara a Papa. Es difícil encontrar una sociedad tan masoquista y frustrada como para odiar apasionadamente a sus propios representantes. Resulta absurdo que ateos mediocres y corruptos hayan intentado influir en la Santa Madre Iglesia o al menos, lo hayan imaginado posible. Eso es lo que define la esencia de la ignorancia, la incomprensión de la realidad. Ese fanatismo cerrado y agresivo que se imaginaba fundador de una nueva sociedad. Brutos, tan brutos como aquella dictadura que llegó a considerarse a sí misma como “la defensa de Occidente”.

El Papa Francisco es noticia en el mundo por la profundidad de sus palabras y, aquí, por el apellido que consigue una entrevista con él. Ya pasó tiempo de sobra como para haber aprendido que a nadie esa entrevista le sirve para hacer política, sólo tiene el valor personal de haber podido encontrarse con la máxima figura de su Culto y sin duda uno de los hombres de más peso en el mundo actual.

Ser recibido por el Papa Francisco es un alto honor, algunos hasta convirtieron una foto de saludo en entrevista, pero lo importante es que nadie pudo lucrar con su encuentro. Lo demás, eso entra en el íntimo mundo de la fe. O al menos del respeto a la fe de los demás, virtud de la que muchos energúmenos carecen.

Publicado el 26 de febrero de 2017.

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