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Tras la corrupción está la concentración económica

Lo de Lula es demasiado transparente, ubicó a Brasil en el mejor lugar de su historia e integró millones de pobres a la clase media.

Por Julio Bárbaro para Los Andes
Lo de Lula replantea todos los debates que arrastran los vientos del presente. Populismo, neoliberalismo y corrupción terminan siendo los ejes que sirven para distribuir aplausos y condenas, aunque bien mirado, “no hay nada nuevo bajo el sol”.

La concentración de la riqueza es el dato más significativo de la supuesta modernidad. Las tecnologías permiten ese proceso, y el mismo desarrollo su propia defensa ideológica. La riqueza tiene dos condenados, el populismo y la corrupción.

Sin duda Venezuela fue letal para los procesos populares, tan nefasta como antes lo había sido Cuba.

Cómo olvidar que Fidel Castro y el Che Guevara nos ilusionan con una revolución que termina en una injustificable dictadura. Pasamos de una enorme popularidad a un proceso solo defendido por minorías fanatizadas que no aceptaban la crítica.

Cuba fue nefasta, tanto como luego lo fue Venezuela. La degradación de los símbolos de la justicia social juega siempre a favor del enemigo.
Para poner un ejemplo cercano, solo Cristina y La Cámpora podían lograr que Macri llegara al poder. Poco y nada aportó Durán Barba, más allá de una explicación propia para no quedar en manos de destino ajeno.

Lo peor de la izquierda engendra a la derecha, y viceversa, como la dictadura que nos terminó dejando en manos de un progresismo superficial y obligatorio.

Lo de Lula es demasiado transparente, ubicó a Brasil en el mejor lugar de su historia, integró millones de pobres a la clase media, y es condenado por un juez que se formó en los Estados Unidos y participa de esa concepción cultural.

Hasta el jefe militar desnuda la realidad, aquellos que son más fuertes que la misma democracia les recuerdan a los votantes que las fuerzas armadas y la justicia siguen siendo un poder superior al de los votos. Dura lección de los ricos, casi recuperando su pasión por el voto calificado.

La corrupción aparece como la justificación de la miseria que genera la gran concentración del capitalismo. Me eduqué en una sociedad donde entre el menor y el mayor salario había escasa distancia. Había ricos, no muchos, mientras que lo normal era poder participar de los mismos niveles de vida.

El peronismo convirtió a la clase baja en clase media, los sindicatos llevaron obreros a Mar del Plata, los pudientes buscaron otros destinos. La dictadura y Menem convirtieron la clase media en clase baja, y al culminar la estafa primero nos hablaron de reformas de “segunda generación” y luego nos salieron con la historia de la corrupción. Al privatizar los servicios públicos nos convirtieron en ciudadanos de segunda.

No es la corrupción el mal ni lo resuelven los jueces salvadores, ya pasó en Italia, después de la cárcel de los corruptos viene el vacío de gobierno, las grandes empresas avanzan con el robo legal, que es el verdadero responsable de la miseria.

Los corruptos son el epifenómeno de la concentración económica; la corrupción existe al vender el patrimonio nacional, esa es la raíz de todos los males, luego están los ladrones de gallinas, pero Odebrecht no era distinta a las empresas españolas que nos invadieron en los noventa. Sería parecido al “Quinto Centenario” sin autorización imperial.

Las ocupaciones económicas son siempre resultado de la corrupción de su clase dirigente. Ahora vienen los chinos, con las mismas coimas de todos. Fabricábamos aviones, terminamos importando durmientes.

El juez Moro y Lula son dos proyectos distintos de Brasil, el juez defiende a los ricos de siempre, esos que jamás hubieran integrado a los millones de pobres que Lula incorporó a un modelo del continente liberado de la tutela de los Estados Unidos. Que quede claro, jamás hubiera terminado preso de no haber molestado al Imperio de turno.

La miseria es fruto de la concentración económica y de la dependencia. La corrupción es un subproducto de la injusticia. El capitalismo es esencialmente corrupto, necesita de los límites del Estado, que a veces, como ahora lo mismo que en el gobierno anterior, no los tiene. Esa es la verdadera razón de que las tarifas no paren de subir, la codicia de los poderosos no tiene límites y es la que genera la miseria de los pueblos.

De ese mal no nos rescatan los jueces sino la verdadera política. Y esa estaba más cerca de Lula que del elegante juez Moro.

Publicado el 15 de abril de 2018.

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