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Trump, el populista que podría relanzar a los EEUU

Con todos sus defectos, el flamante presidente electo de los EE.UU. implica la vuelta a la burguesía industrial que hizo grande a ese país y un rechazo a los efectos nefastos de la globalización.

Por Julio Bárbaro para Infobae 

Fue la más dura derrota que sufriera lo “políticamente correcto”. De un lado decían estar todos los buenos, condenando al trasgresor, el que se animaba a decir lo que otros ni se atrevían a pensar. En otro lado, los farmacéuticos de las ideas habían gastado sus etiquetas, desde la que define al espacio universal del populismo hasta todas las otras, las que anatemizan machistas y las que demonizan fascistas. Todas las denominaciones que definen el enorme espacio del mal se consumieron en esta elección donde los buenos sufrieron una absoluta derrota. Mucho más allá de los votos, el derrotado fue un estilo de vida, una mirada progresista que se consideraba a sí misma la dueña absoluta del sentido común. Y parece que era dueña de las universidades pero estaba ausente entre los obreros. En algo nos parecemos.

Con la caída del muro los ricos fueron a por todo y la concentración de la riqueza se impuso por sobre las mismas naciones. Se entendió que eso era la globalización: los capitales por encima de las mismas naciones. Entonces podían premiar la pobreza mudando sus fábricas a los lugares con menores salarios. Y criaron economistas en incubadoras gigantes, decidores de frases tales como “hay que bajar los costos”, eso era para que la patronal pudiera subir las ganancias.

Trump es un rico que piensa como tal; los votantes prefirieron cambiar de conducción y poner ese conocido cartel: “Ahora atendido por sus propios dueños”. Ese que ahora los preside fue el encargado de avisarle a Franco Macri que los negocios de ellos no necesitaban “inversor extranjero”. Y, en alguna medida, nace un tiempo donde los empresarios que decidan fabricar afuera van a tener que aguantar las pretensiones que todo país normal necesita imponer para defender su mano de obra.

Trump, con todos sus defectos de imagen, implica la vuelta a la burguesía industrial que hizo grande a ese país. La lógica hubiera indicado que fuera un hombre de las nuevas tecnologías, pero nada de eso, el que se lanzó al ruedo fue un simple constructor, poco sofisticado en sus gustos y costumbres.

Había dos imperios. El ruso cayó con el muro de Berlín, entonces vino el tiempo donde sólo quedaba Estados Unidos. La ambición de los grandes capitales, sin embargo, esa concentración ilimitada, terminó chocando contra el nuevo gigante que es sin lugar a dudas China. El comunismo logró generar riqueza manejando a las grandes empresas pero no cediendo en nada el poder del Estado. El viejo partido comunista asumió al capitalismo por necesidad pero se quedó con todo el poder en sus manos. Y hasta muchos de esos economistas empleados del capitalismo de turno sentenciaron con solemnidad que hasta los chinos se habían pasado al capitalismo. Le estaban errando feo, la voluntad imperial de la China estaba muy por encima de la codicia de las multinacionales. El Estado estaba más fuerte que nunca, había chinos ricos, pero la riqueza no era la responsable de la conducción de esa sociedad.

Después de la caída del muro creció la concentración de la riqueza a la par que sembraba pobreza y miseria a su paso. Nosotros somos sin duda un claro ejemplo de esa decadencia, tenemos un tercio de la sociedad en la pobreza sólo por haber privatizado generando monopolios saqueadores. Todo lo rentable fue a manos privadas y el Estado quedo para sostener a los caídos. Los grandes grupos nacieron en los noventa con Menem y siguieron socios de los Kirchner y ahora siguen apoyados por el PRO. Lo único bueno de Macri es que no los protege en nombre del peronismo, como lo hicieron Menem que los fundó y los Kirchner que los acompañaron. Eso sí, los Kirchner persiguieron a los disidentes, en eso parecían de izquierda cuando eran tan solo estalinistas tardíos.

La globalización genera concentración a la par que siembra pobreza. En consecuencia, los pueblos votan en contra de los que gobiernan, sean ellos de la ideología que fuere. No es como dicen los marxistas aburridos que siempre ven un giro a la derecha, simplemente votan en contra del que está porque todo gobierno los conduce hacía un nuevo nivel de pobreza. Si andamos en un 32% de pobres y Macri los aumentó, nadie podría negar que los doce años de la revolución kirchnerista sólo pudieron impedir que los cuenten, negar los índices fue la única manera que encontraron para inventar sus propios y absurdos logros.

Se terminó la era del bienestar, el tiempo donde los pueblos sentían su ascenso social y vivían en una movilidad ascendente. Ahora es todo concentración y caída. Trump vino a defender a los habitantes de Estados Unidos de los efectos nefastos de la globalización. Es llamativo, desde nuestra dirigencia estaban en contra todos: la izquierda que lo hacía únicamente para demostrar que nunca acierta y el Gobierno que apoyaba a Hillary sólo para explicar que en lo político seguían actuando como aficionados.

Trump implica un cambio, desnuda el fracaso de una clase dirigente que en el mundo se dejó aplastar por los negocios sin asumir el daño que le infringía a sus propias sociedades. Trump no es tan sólo el triunfo del supuesto e indefinible populismo, quizá tengamos que asumir que es más progresista que los que se habían quedado con ese nombre. No es ni refinado ni políticamente correcto, pero desnuda la crisis de una sociedad que habiendo dominado el mundo no pudo ni siquiera darles un nivel de vida digna a sus propios habitantes. Parecido a la caída del imperio Inglés -son de la misma sangre- pueden ser los más ricos y poderosos del mundo sin permitir que los humildes de sus pueblos disfruten de esos logros.

Está de sobra, claro, que son muchos, demasiados, los elementos a debatir que hay en juego, tanto en su propio país como en el balance del poder en el mundo. Ahora, si algo siento que expresa esta elección es el cierre de un ciclo histórico, ese donde los poderes económicos se sintieron más poderosos que las mismas naciones, ése que tantos economistas enamorados denominaron “globalización”. Ese ciclo está agotado, solo nos falta ver cómo se impone en el mundo y cómo nos impacta a nosotros. Y para eso hay que esperar.

Publicado el 20 de noviembre de 2016.

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